Cómo el culto a la emoción pública está corroyendo nuestra sociedad

Screen Shot 2016-08-18 at 08.44.01Dalrymple escribe:

El sentimentalismo es una de esas cualidades que son más fáciles de identificar que de definir. Obviamente todos los diccionarios emplean las mismas características definitorias: un exceso de emociones falsas, sensibleras y sobrevaloradas si se las compara con la razón. Los grandes diccionarios, por ejemplo, el Oxford English Dictionary, son etimológicamente, aunque no psicológicamente, más exhaustivos que los pequeños. El OED señala que originalmente la palabra sentimental tenía connotaciones positivas: al hombre considerado sentimental desde mediados hasta finales del siglo XVIII, hoy en día se le hubiera llamado sensible y compasivo, lo contrario de un hombre bruto e insensible. El cambio de la connotación se inicia a comienzos del siglo siguiente, con los escritos de un poeta romántico y revolucionario, posteriormente convertido en conservador, llamado Robert Southey, en los que se pronunciaba despectivamente sobre Rousseau, y se completa a comienzos del siglo XX.

La definición anterior

omite una característica importante de la clase de sentimentalismo sobre la que quiero llamar la atención, a saber, su carácter público. Ya no basta con derramar una furtiva lágrima en privado por la muerte de la pequeña Nell; ahora es necesario hacerlo (eso o su equivalente moderno) a la vista del público. Sospecho, aunque no puedo demostrarlo, que en parte es consecuencia de vivir en un mundo, incluyendo el mundo mental, completamente saturado por productos de los medios de comunicación de masas. En un mundo así, todo lo que se hace o sucede en privado, en realidad no sucede, al menos en el sentido más completo. No es real en el sentido en que lo son los reality de la televisión.

La expresión pública de los sentimientos

tiene importantes consecuencias. En primer lugar exige una respuesta por parte de los que lo están presenciando. Esta respuesta debe ser de simpatía y apoyo, a menos que el testigo esté dispuesto a correr el riesgo de una confrontación con la persona sentimental y ser techado de insensible o incluso cruel. Por eso hay algo coercitivo o intimidatorio en la expresión pública del sentimentalismo. Debes unirte a él, al menos, abstenerte de criticarlo. Se ha creado una presión inflacionaria sobre este tipo de exhibiciones. No tiene mucho sentido hacer algo en público si nadie lo nota. Eso implica que se requieren unas demostraciones de sentimientos cada vez más extravagantes y se pretende competir con los demás y no pasar desapercibido. Las ofrendas florales son cada vez más grandes, la profundidad de los sentimientos se mide por el tamaño del ramo. Lo que cuenta es la vehemencia y la sonoridad de la demostración.

Las demostraciones públicas de sentimentalismo

no sólo coaccionan a los observadores casuales arrastrándolos a un fétido pantano emocional, sino que, cuando son suficientemente fuertes o generalizadas, empiezan a a afectar a las políticas públicas. Como veremos, el sentimentalismo permite a los gobiernos hacer concesiones al público en vez de afrontar los problemas de una manera racional aunque impopular o controvertida.

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